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Y es que echarse de menos tiene su razón

En ocasiones, mi esposo llega a casa cuando los peques ya están dormidos. Ellos son pequeños y duermen temprano los días lectivos. A él le toca de tanto en tanto viajar. Todos se extrañan, él a los nenés y los nenés a él. Tratamos de compensar esos días en que no se vieron para darse las buenas noches, por caminatas juntos hasta el colegio al día siguiente, por ejemplo.

Una de estas noches, me tocó acostarlos sin que hubiera llegado papá. La nena obedientemente subió a su cama y me pidió que le leyera un cuento para dormir. Cuando terminé la historia, la veo con los ojitos aguados apretándome fuertemente el brazo… Cuando nota que la estoy viendo y no sé qué decir, ella solita comenta: “es que echo mucho de menos a papi”. Y es que papá les tiene una canción especial para arrullarlos al dormir. Les gusta dormirlos uno bajo cada brazo, y luego que se han dormido los tres, voy yo repartiendo a cada uno a su cama. Y eso a ellos les fascina. Es su momento, un mágico momento de los tres.

Tratando de aminorar la añoranza de mi pequeña, le expliqué que uno extraña a la gente porque la quiere. Le dije que era muy bueno que le echara de menos, porque eso significaba que la pasaba muy bien con papi y quería siempre estar con él para disfrutar de su compañía. Ella sonrió, y en el acto me preguntó: “¿y entonces papi ahorita también me está extrañando?… porque yo me porto muy bien con él y lo quiero mucho”. ¡Claro princesa! respondí emocionada. “Mejor piensa en las cosas que te gusta hacer con papi, y duerme soñando que ya mañana las vas a hacer con él”. En ese momento cambiamos juntas el velo triste de no estar todos a la hora de dormir por la felicidad de saber que nos extrañamos porque nos queremos.

Al día siguiente, cuando la recogí en el colegio, lo primero que preguntó fue: “papá llega temprano hoy, ¿verdad?”. Su sonrisa no cabía en su carita cuando le dije que en efecto era así. Inmediatamente empezó a tirar de mi mano y de la de su hermano. Nos aupaba a apurarnos para llegar más pronto a casa. Un poco angustiada, le expliqué que papá llegaría temprano, pero faltaba un ratito para que él viniera… y ella me sorprendió diciendo: “sí, ya lo sé, por eso hay que apurarnos, tengo poco tiempo para la sorpresa”.

Ante tal ímpetu, cojí al menor y lo monté en mis hombros y comenzamos a caminar más de prisa para llegar a casa. Al entrar, se quitó sus zapatos y su uniforme como habitualmente hace, pero me pidió permiso de llevarse la merienda a la mesa de la sala. Accedí por esta ocasión, sobretodo tratando de entender toda esa emoción que la empujaba a buscar colorines en su habitación y pedirme hojas blancas. Unos minutos más tarde se acercó a mí con su obra de arte. “¿Te gusta mamá? He pintado todo sin salirme.” “Es precioso princesa” le contesté. Me abrazó contenta y me preguntó: “¿Tú crees que le guste a papi?”. “Claaaaaro princesa, le va a fascinar” le dije abrazándola.

Entonces comenzó su explicación. Sorprendentemente profunda para mí por su edad. Quizás yo aún, en el fondo, le veo más pequeña de lo que es, y por eso me admiro más aún con sus reflexiones. “Mami, me has dicho que cuando extrañara a papi pensara en cosas felices, cosas que me gusta hacer con él. Pues a mí me gusta mucho cuando he hecho algo especial y papi me trae una sorpresa. Así que, para que papi hoy esté muy feliz al llegar a casa, porque seguro ha estado triste extrañándome ayer, le he preparado yo una sorpresa a él”. Quizás me hubieran contado que una pequeña que aún no cumple los cuatro años ha hecho esta reflexión, sola, y me hubiera costado creerlo. Por eso me llena aún más de alegría ver cómo mi hija es sensible, cómo no teme expresar sus sentimientos, cómo se interesa por los sentimientos de aquellos a quienes ama y cómo pone en marcha planes para hacer felices a otros. Definitivamente el mundo sería un lugar mejor si todos conserváramos un poquito más de ese espíritu que nos es innato en la infancia. Y me siento infinitamente afortunada de poder reaprenderlo desde y para mis hijos.

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¿Cómo pueden apoyar los papás en la lactancia materna?

 En un proceso tan importante para el bebé y la mamá como lo es la lactancia materna, el apoyo de los padres es reconfortante y altamente motivacional. Si bien es cierto que cuando los bebés están a lactancia exclusiva mamá invierte mucho tiempo dando pecho, también hay otras actividades en las que papá puede participar activamente con su bebé.  Papá puede adueñarse de la hora del baño, puede dormirle en sus brazos, puede cantarle canciones, puede contarle historias, puede ayudarle a botar los gases después de ser amamantado, puede llevarle de paseo…

El nené lo agradecerá, porque le encantará compartir con papi. Mamá también lo agradecerá, porque también podrá descansar mientras papá comparte con el niño, lo cual es vital para poder producir leche adecuadamente.

Papá y mamá son un equipo. Deben estar siempre atentos para colaborar el uno con el otro y para apoyarse, porque los bebés vienen sin manual de instrucciones y a todos nos toca aprender en el camino. Y  todo lo que se apoyen redundará en el beneficio de todos, tanto para su salud como para su felicidad como familia.

Abajo compartimos algunas recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, sobre el rol de los padres durante el proceso de lactancia, con motivo de la celebración de la Semana Mundial de la Lactancia Materna.

¿Qué pueden hacer los padres?

Fuente: http://www.who.int/topics/breastfeeding/WHO_breastfeeding_graphic_series_dad.jpg

A veces me pregunto: ¿cómo hacían los papás sin internet?

 Recuerdo que cuando yo era adolescente ninguno de mis amiguitos ni yo concebíamos la vida sin un televisor. Recuerdo también que mi abuela me decía que para ella el hito en su vida había sido la lavadora. Hoy, obviamente, en medio de una generación 2.0 que aprende a usar una tableta cuando aún no sabe leer, lo inimaginable es la vida sin Internet.

Y  sí. Internet definitivamente acortó las distancias. Mejoró las comunicaciones. Pero lo más trascendental, desde mi humilde punto de vista, fue el acceso inmediato a la información. Yo recuerdo que mi papá siempre era quien me daba todas las respuestas cuando hacía mis tareas de la escuela. Y hoy me pregunto: ¿Cómo hacía si no tenía a Google o a Wikipedia o a Youtube?

Papá, ¿quién es el presidente de nosedonde?” y papi siempre sabía. “Papá, ¿cómo funciona un reloj?” Y papi, que heredó la maravillosa destreza manual que tenía mi abuelo me lo explicaba mientras me construía uno… y yo cada mañana, cuando veía la hora en el cuarto en ese reloj hecho a mano, repasaba todo lo aprendido. “Papá, en la escuela me pidieron hacer una piñata” y papi sólo preguntaba cuándo debía entregarla y qué forma quería que tuviera. Siempre buscaba los materiales “en el cuartito de atrás” donde siempre tenía de todo y mágicamente comenzaba a construir conmigo cualquier proyecto escolar. Yo hoy, hasta las canciones que tararean mis hijos… ¡las busco en internet para aprenderme las letras!

Mi papá siempre fue “un taco” -como dice él- en matemáticas. Siempre se sentaba conmigo  a revisar las tareas y siempre hacíamos juntos ese problema dificilísimo que había en cada capítulo de los últimos años de bachillerato. Para papá era como si todos los días resolviera esos problemas con los que ya yo llevaba un buen rato lidiando. Parecía como que la solución le brincaba a los ojos mágicamente. Y yo era feliz cuando llegaba a clases y la profesora preguntaba: “¿alguien pudo resolver el problema 21?” y de 45 alumnas sólo mi mejor amiga y yo (porque su papá, el Sr. Ernesto, era como el mío) lo llevábamos resuelto. Me encantaba pasar a la pizarra y explicar a la clase lo que papá ya me había explicado a mí.

Cuando fui a la universidad y papá me dio mi primer carro la cosa fue más asombrosa aún. Cuando éste fallaba yo no dejaba que absolutamente nadie abriera el capó… me daba hasta paranoia que alguien se acercara al auto porque estaba convencida de que lo iban a empeorar y papá, que todo lo sabía, se iba a enterar. Y es que mi papá, con esa capacidad analítica fuera de serie que lo ha caracterizado desde pequeño, siempre sabía cómo resolver cualquier problema sin importar el año del carro, el modelo ni la marca. Yo lo llamaba y le explicaba: “papi, sonó así y yo me asusté y lo apagué” o “papi, cuando comenzó a hacer así yo hice asao, me hice a un lado de la carretera y te llamé”. Y él siempre sabía cuál era el problema: “Ah, ¿sonó así?  Mmmmm… ok” esperaba unos segundos y comenzaba un cuestionario para validar sus hipótesis “¿Tenías mucho rato rodando? ¿cómo estaba la temperatura del carro? ¿frenaba bien? ¿notaste algún olor raro?…” Las preguntas eran millones y variaban según el susto que yo describiera. Pero lo más fabuloso es que casi nunca tenía que esperar por una grúa (creo que sólo la vez que al Renault se le fue la cadena de los tiempos). Él me decía: “Ok, párate de frente al carro. Ponte primero los guantes que están en la maleta no te vayas a quemar las manos” y  yo abría esa maleta y en efecto estaban unos guantes (¡que yo ni sabía que estaban ahí!) listos para que yo los usara. “Ok, abre el capó. A la derecha vas a ver un círculo grande negro. A la izquierda vas a ver no sé que otra cosa. ¿La cosa cuadrada bota humo?” Y así iba afinando el diagnóstico y me daba la solución inmediata para llegar hasta la casa, donde él “a la noche” lo revisaba y con toda seguridad lo arreglaba.

En mi casa nunca hubo necesidad de llamar a un plomero, a un pintor o a un cerrajero. Mi papá, como si hubiera tenido manual a la mano para cada tubería, cada equipo o una radiografía de cada pared, siempre sabía (y sigue sabiendo) qué hacer. Él se sentaba en frente del problema. Lo veía un buen rato, en silencio. Nadie se le acercaba ni le hablaba en esos momentos, era como un código implícito que todos respetábamos. Pero cuando se levantaba de allí, podíamos tener la seguridad de que ya papi sabía cómo iba a solucionar el tema.

Y ahora que tenemos tanto acceso a información, tantos tutoriales en línea, tantos videos de hágalo usted mismo a sólo un click de distancia… ¡más admiro a papá!. Es increíble cómo sin tener este maravilloso recurso que tenemos hoy, él siempre fue capaz de resolver todo. Los padres de ahora quizás no nos hemos dado cuenta, pero sin duda Internet hasta eso, ser padres, nos lo ha hecho más sencillo. Mi papá era un fenómeno, y para mí lo sigue siendo. Mis hermanas y yo siempre lo llamamos Mac Gyver, como la popular serie en la que el protagonista resolvía hasta los problemas más descabellados. Y lo mejor de él y su capacidad, no era solo que era del tamaño del problema que se le presentase… sino esa confianza que sembró en nosotras tres de saber que, no importa lo que suceda, siempre –aún hoy en día- podemos contar con él para seguir adelante. Y yo hoy no vivo sin Google, lo confieso, pero antes que hacer una consulta en Internet o aplicar algo que vi en un tutorial… ¡primero llamo a mi papá!

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