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A veces los papás nos equivocamos sin querer

A veces los papás nos equivocamos sin querer. La verdad es que criar nenés requiere de reflexión y autoexamen. No constante, sino diario. Y como humanos que somos, lógicamente tenemos siempre oportunidades de mejora.

Una de estas tardes en el parque un padre le decía a un pequeño de no más de 4 años: “colócalo bien, así no, colócalo bien”. Estaban frente a la fuente y el peque no atinaba a colocar el cubo correctamente para que el chorrito de agua acertara en el recipiente. El nené miraba a su padre desconcertado, como buscando pistas para entender lo que estaba haciendo mal. Y el padre aún no caía en cuenta de que el nené no tenía la menor idea de cómo “colocarlo bien”.

¿Cuántas veces no nos pasa eso a todos? Obviamente el hombre no pretendía ponersela difícil a su pequeño. Es solo que él ya tiene perfectamente archivado en su cerebro que cuando el chorrito tiene más presión el cubo va más lejos… o que si la fuente está muy alta debe acercar el cubo para que no salpique tanto. Cosas que ahora nos parecen lógicas de más, e incluso tontas, pero que debemos recordar que nuestros peques a lo mejor aún no lo han aprendido porque no han tenido la oportunidad de tanta interacción con esas situaciones como la hemos tenido nosotros.

Ese día recordé que yo solía decir a menudo a mis pequeños cosas como “cuidado”. Mi pequeña, sobretodo, me preguntaba: ¿cómo que cuidado mamá? Y claro, uno dice cuidado porque se siente ante un peligro inminente, pero según la situación puede variar. Cuidado puede significar “no te subas ahí que te puedes caer” o “no botes la pelota aquí porque se puede ir a la calle” o “fíjate en el bache de la acera no te vayas a caer”. Con mis hijos he tenido que reaprender cómo comunicar muchas cosas, buscando ser lo más clara y concisa en mis instrucciones y en mis explicaciones.

Y, la verdad, aunque siempre estoy evaluando cómo decir las cosas, aún se me siguen pasando detalles. De vez en cuando se me escapa un “así no, hazlo bien” o un “mucho cuidado con eso”. No es fácil reaprender cómo comunicarse, porque uno tiene sus frases hechas y las usa muy a menudo… pero estoy convencida de que vale la pena trabajarlo. Lo bueno es que la mirada de mis hijos, buscando pistas sobre la instrucción que les doy, siempre me hace caer en cuenta de lo ambiguo del mensaje e, inmediatamente, trato de explicarme mejor.

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Eso de vivir la experiencia

Foto de Mamás y nenés.

Foto de Mamás y nenés.

Este fin de semana estuve en un parque de atracciones con mis nenés. Y me sorprendió sobremanera la cantidad de palitos de selfies con los que me tropecé. Yo soy de esas mamás adictas a tomar fotos a mis hijos, lo reconozco. Me encanta hacerles videos y luego mirarlos una y otra vez para preservar esos hermosos recuerdos.

De hecho, como familia de emigrantes que somos, con familiares en varios continentes, suelo archivar más recuerdos de los que quizás normalmente haría para compartir las ocurrencias de mis peques con quienes no pueden disfrutar de ellos a menudo. Y, a pesar de esto, me sentí abrumada con tanto palito de selfie, tanta cámara, tanta pose, tanto video no espontáneo…

Yo soy tecnófila por definición. Comunicadora por vocación. Mamá con devoción. Y además soy “pro” nuevas tecnologías, redes sociales y cuanto miriñaque tecnológico nos permita acortar distancias. Pero a veces me preocupa que tanta disponibilidad de tecnología no nos deje vivir a plenitud el momento. Estar tan pendientes del ángulo de la toma quizás no permite disfrutar la intensidad de una atracción en el parque. Tal vez tener tanto cuidado por no chocar a otro con el bendito palito nos impide vivir en vivo y directo la cara de emoción de nuestros nenés en una montaña rusa. Quizás es algo que deberíamos pensarnos. Tal vez va llegando la hora de preguntarnos si vale la pena esa necesidad de grabar perfectamente cada instante y compartirlo inmediatamente. A lo mejor valdría la pena hacer un balance y decidir grabar un tanto pero disfrutar sin pose todo lo demás. Y compartirlo luego, no necesariamente en tiempo real.

Foto de Mamás y nenés

Foto de Mamás y nenés

Todos tenemos la tendencia a inmortalizar experiencias. Más ahora que la tecnología va con nosotros, literalmente, a todos lados. Y es válido. Es maravilloso compartirlo porque incluso volviendo a ver el video podemos revivirlo. Solo me preocupa precisamente qué tan intensamente lo vivimos. Si el trabajo de grabarlo con la toma no sé como y el estrés de lograr un buen video nos resta disfrute de la experiencia. Y quizás me preocupa tanto este tema porque para mí, vale más disfrutarlo a tope que grabarlo… o al menos grabarlo “perfecto”.

Yo he optado también por tomar a mis hijos fotos de espalda, dejando ver en la imagen un poco de lo que ellos ven, para recordar lo que vivimos, pero sin interrumpirles el momento. Yo prefiero una maravillosa experiencia que un magistral video. Prefiero, sobretodo, vivir lo que estoy viviendo. Vivirlo ahí, con los que están conmigo. Reírme y disfrutarlo. Gritar de emoción con mis hijos y luego, si no tengo foto o me ha quedado movida, pues compartirlo a la vieja usanza: contándolo. 😉

La tecnología cambia nuestra vida… ¡Y de qué manera!

Recuerdo que mi abuela nos contaba que iba al río, en caballo, para lavar la ropa. Y a mí no me entraba en la cabeza como había sobrevivido con tres hijos sin lavadora.
Me imagino que lo mismo le pasará a mis nenés cuando tengan edad para entender que cuando su mamá era pequeña la gente no tenía móviles. Y ubicar a la gente dependía de la puntualidad para asistir a una cita o conocer las rutinas de otros para lograr encontrarlos.

Así, hay varios inventos de la tecnología que me han hecho a mí la vida más fácil, especialmente desde que soy mamá y se multiplican las tareas mientras parece que el tiempo se reduce 🙂

Mi descubrimiento número 1: El robot aspiradora
Recuerdo que cuando mi esposo me lo mencionó, de entrada no le creí mucho. Pensé que igual no era gran ayuda o si la era el precio era completamente inaccesible. ¡Y vaya fallo! Me equivoqué de plano en ambas cosas.

Mi esposo, que conoce perfectamente mi cara de incredulidad aunque no emita yo ninguna palabra al respecto, buscó enseguida vídeos en YouTube para mostrarme cómo había gente que ya la estaba utilizando y se mostraba complacida. Gente en sus casas, personas comunes y silvestres como nosotros, que no eran parte de un spot publicitario para una marca. También vi muchos gatos subidos sobre los robots paseando por las casas 😊

Así fue como mi esposo y yo comenzamos a ver varias marcas, comparar funciones y precios, planificar el presupuesto (vamos que no es impagable pero tampoco es que te la regalan, así que hay que apartar un dinerito para la inversión) y algunos meses después la compramos.

El día que ese robot llegó a mi casa, mi esposo y yo parecíamos nenés con juguete nuevo. Colocábamos “sucios” a propósito en el camino del robot aspiradora para comprobar su eficacia. Y sí, vaya que en cada prueba fue muy eficaz.

Nos sorprendió como el robot se aprendía el área de la casa que iba a limpiar, cómo no chocaba contra nada, cómo no se caía en los escalones y cómo no dejaba ningún sucio en su camino. Nos sorprendió también que es más silenciosa que una aspiradora común y que puedes programarla para que “haga su trabajo” todos los días a determinada hora 😁

Nosotros adquirimos un modelo de la marca iRobot. Cuatro años después tuve la oportunidad de conocer a su inventora en el CES 2013 celebrado en Las Vegas, en una charla dada por mujeres que habían creado dispositivos muy exitosos. Una mujer tan sencilla como evidentemente inteligente. Y saben cuándo le surgió la idea? Pues pensando en las mamás! Su madre siempre le había comentado que ese era el robot que necesitaba que inventara… algo que todas las madres entendemos viendo que nuestras tareas se multiplican y las horas del día siguen siendo exactamente las mismas. Así, decidió (sabiamente!) utilizar sus conocimientos de robótica para diseñar un equipo automatizado que nos ayudara en las ineludibles tareas de la casa. Porque cuando tienes nenés pequeños tu ducha o tu almuerzo puede esperar hasta que venga tu madre a darte una mano o cuando llegue tu marido… pero la limpieza de la casa, eso es algo que no queremos hacer esperar. 😉

La fortuna de que a mis hijos les guste su colegio

Dejar a mis hijos en el colegio es tarea difícil. Para ellos y para mí. Ellos, como todo nené, prefieren estar en casa. Menos reglas, menos rutinas, menos tener que compartir las cosas. Levantarse a la hora que quieran. La verdad es que mientras lo escribo más encuentro razones de por qué los fines de semana son ideales 🙂 Yo, paso trabajo al dejarlos porque soy un pegoste de mamá. Así de claro. Quiero tenerlos siempre conmigo. Aunque den trabajo y quebraderos de cabeza. Me encanta pasarme el día inventando historias, bailando con ellos, brincando de allá para acá… la verdad es que jugar con ellos y recoger sus desastres es una catarsis. Una catarsis de mis propios deberes y de mis propias angustias. Un escudo ante las noticias… mis nenés me dan un hálito de esperanza de que hay solución para los más grandes problemas del mundo.

Debo confesar que, aunque no me guste separarme de ellos me siento afortunada. Muy afortunada. Afortunada porque he dado con colegios donde ellos se sienten a gusto. No es que salten de la cama felices para ir, mentiría si lo dijera. Pero es un lugar donde se sienten bien. Lo sé porque van serenos. Porque saludan a sus compañeritos emocionados. Porque saludan a todos los que trabajan en el colegio por su nombre… y cada una de estas personas les responde el saludo sabiendo perfectamente el nombre de mis hijos. ¡Con tantos niños! Vamos, que no es fácil.

Mi hija mayor sube por las escaleras a su aula confiada. Lo presiento porque pisa fuerte cada peldaño. Sube con ganas y con energía. También con ilusión. Y a mitad de la escalera siempre voltea, sabiendo de sobra que estoy abajo mirándola -más que mirándola admirándola y adorándola- y me dice sin el más mínimo reparo: “te quiero mamá”. Enseguida se encuentra con sus amiguitas, se cojen de la mano y terminan de subir apuraditas.

Mi príncipe, cuando entra al pasillo de las aulas me suelta la mano. He venido todo el trayecto hasta ahí casi remolcándole, pero al llegar a ese punto él me suelta y apura el paso. Yo le sigo, no se vaya a ir al patio a jugar, o vaya a entrar a un salón que no es el suyo o se vaya a meter al baño sin que la maestra lo advierta… pero no, él entra a su aula. Entra y su adorable maestra siempre abre los brazos para recibirle. Entonces él voltea, sabiendo con toda seguridad que estoy en la puerta mirándole aunque no se ha girado ni una vez desde que me soltó la mano. En ese instante me dedica una hermosa sonrisa, esa que le pone los ojitos chinitos… y enseguida corre a abrazar a su maestra.

Y así es como me marcho, tranquila. Extrañándoles, pero consciente de la suerte que tengo de haber dado con un colegio en el que no sólo el proyecto educativo es fenomenal sino que los tratan bien. Los conocen. Les dan cariño. Porque en el colegio pasan muchas horas al día y no van sólo a aprender. Estoy convencida de que ese entorno favorece el aprendizaje, y con eso ya llevamos un buen trecho del camino andado.