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Los hijos Infinitos de mi madre

Cuando era pequeña, mi mamá nos enseñaba poesías a mis hermanas y a mí. Nosotras disfrutábamos mucho aprenderlas y, sobretodo, recitarlas. Las recuerdo con un sabor a felicidad, a esas navidades en familia cuando los abuelos hinchaban su pecho lleno de orgullo al oírnos recitar. Las recuerdo con la mirada vidriosa de mi papá, que sólo con mirarnos ya nos decía cuánto amaba escucharnos. Las recuerdo con la magia de mi madre cuidando cada detalle… explicándonos cada línea… reforzando cada pausa y dirigiendo la entonación.

Y con esa poesía mamá no sólo nos dió momentos felices a todos o reforzamiento de nuestra memoria. Nos sembró amor por las letras y sensibilidad por lo escrito. Y como ella nos explicaba pacientemente cada línea, cada poesía aprendida tenía su enseñanza. Una enseñanza tan fuerte, tan sentida, que aún tantos años después regresan a nuestra memoria.

Es por ello que hoy quiero compartir todos el poema “Los hijos infinitos” del venezolano Andrés Eloy Blanco. Un poema que nos regaló mi madre en esas tardes de recitales. Uno de esos que no puedo leer sin dejar de escucharlo en mi mente con su voz. Uno que particularmente ahora entiendo cuán hondo le llegaba y cómo veía reflejada ahí a su madre. Así como hoy a mí cada línea me cala hasta los huesos y me hace verla a ella reflejada en todas y cada una de esas palabras.

LOS HIJOS INFINITOS
Andrés Eloy Blanco

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.

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Con paciencia mamá, con paciencia…

Mi esposo y yo nos propusimos reforzar en nuestros hijos la idea de que pueden conseguir todo lo que se propongan. Hemos tratado de enseñarles que algunas tareas son más sencillas que otras y que cuando se encuentran con los casos difíciles no deben desistir sino tener mucha paciencia.

 

Mi pequeña de casi cuatro años es muy autosuficiente y nosotros se lo celebramos. Cuando está aprendiendo a hacer algo nuevo, a veces la emoción por terminar la tarea le gana a su incipiente perseverancia. Pero nosotros le animamos a volver a intentarlo reforzándole la idea de hacerlo “con paciencia”. Le escuchamos muchas veces repitiéndose a sí misma “con paciencia, con paciencia” para alentarse y es nuestro orgullo ver que cada vez lo hace mejor. Sentimos que ha ganado no sólo paciencia sino también confianza.

Ayer en la tarde yo abría un juguete nuevo para mi hijo más pequeño. El precioso monito venía perfectamente atado a su caja con ligas y cintos. A mi hijo los ojos parecían salírsele de su hermosa carita sabiendo que ya pronto tendría en sus manos su nuevo juguete y yo, que casi no podía creer lo fuertemente reforzada que venía cada atadura, sin darme cuenta comencé a tirar de cada cinto tan fuerte como podía en un intento por zafarlo lo más pronto posible.

Mi nena que estaba junto a nosotros se me acercó y, mientras me abrazaba, me dijo: “con paciencia mami, con paciencia”. Luego se sentó al lado de su ansioso hermano y le dijo: “tranquilo, no te preocupes, ya mami casi lo ha soltado del todo”. En efecto, volví a tomar con serenidad las tijeras y en un par de minutos lo tenía listo.

Así que ayer dí por aprendida la lección de mi pequeña. No solo ha aprendido a tener paciencia. Ha aprendido también a identificar el momento en el que se debe ser paciente, y que a quien se impacienta hay que tratarlo con serenidad y animarle.

Cuando le entregué el monito a mi hijo la princesa me ha dicho: “muy bien mamá, ¿lo viste? ¡lo has logrado!”. Y yo pensaba: sí, lo he logrado, logro ver claramente que esta brillante alumna sin duda superará a sus maestros.

Y detrás de la pelota que baja por la calle siempre viene un niño…

Cuando estaba aprendiendo a conducir, mi papá, que siempre ha sido muy observador, se enfocaba en explicarme las situaciones de riesgo para que no me encontraran desprevenida: “cuando vayas a cambiar de canal, enciende la luz de cruce, el otro no tiene por qué imaginarse lo que tú vas a hacer… Igual si vas a frenar o girar, siempre pendiente de quién tienes cerca”.

Un día, dábamos una vuelta cerca de un parque infantil y venía rodando una pelota hacia nosotros. Mi papá me dijo: “frena, que detrás de una pelota siempre viene un niño”. Lo obedecí, porque siempre he confiado en él, pero jamás imaginé que tan solo dos segundos después vendría corriendo un nené tras su pelota calle abajo… ¡y detrás su pobre mamá corriendo despavorida y pidiéndole que parara!

Ese día marcó mi vida. Decidí siempre estar alerta a una pelota o a una bicicleta o a cualquier detalle que pudiera sugerir que habría un niño cerca. Ellos no tienen idea del peligro que enfrentan en ese tipo de situaciones. No entienden que sus cuerpos diminutos son más difíciles de avizorar por un conductor. Menos ahora que tantos conducen mirando el móvil o las canciones que reproducen en el auto. Por eso desde que tuve a mi hija mayor siempre le he dicho con mucha insistencia: “si la pelota o el juguete se va a la calle, déjalo ir y avisa a mami. No importa si se pierde, compramos otro. No importa si se rompe, es mejor que no te pase nada a ti”.

El pasado sábado fuimos con unos buenos amigos a cenar pizza. Ya de salida, cuando estaba asegurando a mi hijo menor en su silla del coche me toma la mano mi princesa y me dice con los ojitos aguados: “mami la pelota se me ha ido a la calle”. Me sentí tan orgullosa de ella, que no sólo le expliqué enseguida la importancia de lo que había hecho sino que le prometí un premio por su proceder. Menos miedo a perder el juguete y más consciencia del peligro al que se exponen siempre va a sumar. Me siento muy afortunada de que mi hija no corriera a la calle. Y para un final perfecto: papá enseguida recuperó la pelota. 🙂

Los hijos no sólo se llevan en el corazón

Son las 7:05 am. Mi esposo espera el ascensor cargando al bebé y a los dos bultos del colegio. Mientras tanto, yo bajo por las escaleras con mi princesa que siempre amanece repleta de energía. Vamos brincando un poco pero sin hacer mucha bulla. Ella va repitiendo cada vez que bajamos un piso: “shhhhh que la gente tá dormida”

Llegamos a la planta baja y papá y el bebé ya están subiéndose al carro. El gordito se durmió plácidamente sobre el hombro de papá, mientras la muñeca y yo ahora saltamos en las escaleras del estacionamiento. “Papá, llegaste primero” dice ella, mientras él, cual superhéroe, está haciendo malabares entre mi guapito que casi ronca y un bolso en cada hombro.
Mi esposo se las ingenia para subir y asegurar al bebé en su silla del carro mientras yo abro la otra puerta y subo a la nena en la de ella. Los beso a ambos mientras me dicen adiós con sus manitos y, de último, despido a mi esposo que los lleva al colegio como todas las mañanas.

Son las 8:10 am cuando suena mi teléfono y mi esposo me cuenta: “Listo, ya los dejé. El príncipe empezó a protestar cuando reconoció que nos acercábamos al colegio. La niña estuvo tranquila, me dejó al Pato Donald de copiloto cuando se bajó del auto con la maestra”. Ese es el reporte tradicional, pero entonces continúa mi esposo: “El nené, por su parte, me dejó todo el hombro babeado, cosa que no advertí hasta que entré a la oficina y la fuerza del aire acondicionado me hizo descubrir la humedad”. Pienso en sugerirle que se deje la chaqueta mientras se seca cuando me cuenta: “Y la suela de los zapatos del niño me marcaron el pantalón, que hoy es beige. Debe haber sido mientras lo cargaba. No me di cuenta hasta que me senté en la oficina”.

Un poco sonreída pero a la vez solidaria con mi esposo, quien se caracteriza por  estar de punta en blanco -es una de las cosas que siempre me ha gustado de él- pienso en decirle algo como “esas cosas pasan” o “hay días de días”… cuando continúa: “El primer correo que leo es que se reagendó para hoy en la mañana esa reunión para la que llevo días trabajando… Y cuando miro al piso, un poco resignado, me doy cuenta de que mi zapato izquierdo está decorado por algo que asumo será leche del tetero que se estaba tomando el nené antes se salir”.

Estoy con el teléfono en una mano y con la otra revisando su clóset, a punto de salir y llevarle otro cambio de ropa, cuando me dice:” Y la verdad, ni aún queriendo, pudiera molestarme por esto. Ese hombro mojado significa que mi hijo duerme tranquilo en mi pecho, porque confía en que lo cuido. Esas marcas en el pantalón me dejan ver cuánto ha crecido, ya sus piecitos llegan hasta mis piernas. Y esas gotas en mi zapato me hacen darle gracias a Dios por lo bien que come el niño“.

En ese momento me acordé de que escogí el mejor papá del mundo para mis niños. Ese que está orgulloso de cada cosa que hacen, aunque eso implique que su apariencia no siempre esté impecable. Ese que siempre se enternece con sus vocecitas, aunque vengan a contarle un cuento o cantarle una canción en la madrugada. Ese que no solo los lleva en el corazón y en su pensamiento, sino que también los lleva feliz y orgulloso hasta en cada centímetro de su ropa.