Archivo de la etiqueta: escuela

El acoso escolar también es violencia

screen-shot-2016-10-20-at-15-07-46

Imagen: Save the Children

Muchos padres se preguntan por qué en ocasiones sus hijos no quieren ir al colegio o a una actividad en particular. Creo que en ese momento, lo que todos más nos tememos es que otros niños le estén molestando. Por eso es necesario conocer las señales que pueden encender la alarma.

Mamás y papás debemos estar muy atentos, desde que son nenés. Recomienda Save the Children que observemos al niño y vigilemos cambios de conducta o humor, que les escuchemos con atención, comprensión y confianza. También debemos reforzar en nuestros hijos su autoestima y el concepto de nuestro derecho a ser respetados. Y en dado caso de que detectemos o sospechemos de alguna situación de acoso, es muy importante la comunicación con la escuela.

De acuerdo con Save the Children “el acoso escolar y el ciberacoso son formas de violencia entre iguales que se dan tanto en la escuela – acoso – como en Internet – ciberacoso – a partir de las relaciones que desarrollan en la vida escolar“. Lo más grave no es sólo lo que sucede, sino la gran cantidad de repercusiones negativas que puede tener en el bienestar del acosado, en su desarrollo y en el ejercicio de sus derechos.

En una publicación del 18 de febrero de 2016 titulada “Yo a eso no juego”, Save the Children puso sobre la mesa estadísticas preocupantes sobre el acoso y ciberacoso en España. Y lamentablemente sus resultados nos hacen saber que el acoso escolar es mucho más frecuente de lo que algunos pudiéramos pensar.

Si bien no todas las experiencias con violencia califican como acoso, sí pueden llegar a serlo. Indica Save The Children que 1 de cada 10 estudiantes afirma ser víctima de acoso, que el 60% de los niños reconoce que alguien les ha insultado en los últimos meses y, de estos últimos, un 22,6% reconoce que ha sido de manera frecuente. Y como si ya no sonara suficientemente preocupante, casi un 30% de los niños afirma haber recibido golpes físicos. También de los datos del informe se desprende que  los colectivos más vulnerables son las chicas y los más jóvenes.

screen-shot-2016-10-20-at-14-04-37

Imagen: Save the Children / Yo a eso no juego

Para la realización del informe han interrogado a los niños por sus conductas agresoras y la mitad de los estudiantes reconoce haber insultado o dicho palabras ofensivas de alguien. Incluso uno de cada tres afirma haber agredido físicamente a otro niño. Los agresores por lo general no tienen muy clara la razón por la que acosan, pero tienen en común con los acosados la baja autoestima.

En el acoso tanto víctima como agresor son personas requieren ser atendidas. Mamás y papás: estemos muy atentos y exijamos siempre el derecho a ser respetados. Es un problema que lamentablemente existe, pero recordemos que también podemos prevenirlo y atacarlo de forma temprana.

Fuente (Consultada en Octubre de 2016): Fundación Save the Children y su publicación Yo a eso no juego

Anuncios

Ese día que van por primera vez a la escuela

Aún recuerdo la nostalgia de mi abuela, emigrante europea tras la segunda guerra mundial. Nos contaba con sus impactantes ojos claros llenos de lágrimas cuánto había demorado el viaje en barco desde Europa hasta América cuando mi papá apenas iba a cumplir los cuatro años. Extrañaba siempre a sus padres, quienes vivían tan cerca de ellos que iban en bicicleta a buscar a mi papá para llevarlo a montar a caballo. Y siempre recordaba la angustia con la que enviaba a mi papito al colegio en invierno, a pesar del frío inclemente, porque si no podía meterse en problemas: venían a tocarle la puerta y a chequear que el niño estuviera bien. Decía que además de todos los abrigos, ella calentaba “castañas” en el fuego y se las ponía en las manos con los guantes y en los bolsillos de la chaqueta, para ayudarle a mantener el calor durante el camino.

Y cuando recuerdo esto, pienso que no importa la época, el clima, el país… todas las mamás terminamos envueltas por esa angustia al dejarlos salir de casa, aunque sabemos lo importante que es el colegio para su desarrollo. Y no se trata de que seamos sobreprotectoras o de que nos falte un tornillo como nosotras mismas nos preguntamos a veces. El tema es que cuando nos convertimos en madres, nuestros hijos se vuelven el centro de nuestro mundo, y la verdad no nos equivocamos al pensar que “como mamá nadie lo va a cuidar”. Eso no quiere decir que vayan a pasar trabajo sin nosotras o que en el colegio no les vayan a poner atención, eso sólo significa que nosotras sabemos cuánto detalle le ponemos al cuidado de nuestros hijos, nosotras tenemos toda su historia de infancia (lo que le gusta, lo que no, lo que un día le hizo llorar, lo que hace igualito que el papá… etc) por lo que nosotras, sin lugar a dudas, los conocemos mucho mejor que las maestras, y por mucho que escribamos interminables testamentos el primer día de clases para explicarles cómo es nuestro querubín, ni todas las hojas del mundo nos alcanzarían para describir todo lo que en realidad quisiéramos decir.

Mi mamá siempre cuenta que mi hermana mayor -que siempre fue la más ordenada, la de mejor comportamiento y la más obediente de las tres- dio poco trabajo al integrarse a la escuela. En realidad el trabajo lo daba yo cuando ella se bajaba del carro y me quedaba sin mi compañera de juegos. Mamá dice que yo lloraba todo el camino de regreso a casa y que se me hacía interminable la mañana para que fuésemos a buscarla. Tanto lloraba, cada día igual sin resignarme, que apenas cumplí los tres años –edad mínima que exigían para recibirme- mami me apuntó en el colegio para que por fin fuera a clases… lo cumbre es que la emoción me duró tan solo quince días.

A las dos semanas me dí cuenta de que no iría al mismo salón que mi hermana, que no iba a jugar sino a seguir una serie de instrucciones, que no podía hacer siesta cuando quisiera porque había horarios para eso, que no podía tomar el juguete que quisiera cuando quisiera porque había reglas y turnos para compartir… ¡y ahí se desvaneció mi emoción por el colegio! Y a mi pobre mamá le tocó de nuevo bregar conmigo, pero ahora para bajarme del carro. Yo recuerdo con total claridad cómo esperaba que mi mamá se estacionara y se bajara del carro, que abrieran la puerta de su malibú marrón y sacaran a mi hermana mientras yo pretendía que bajaría detrás de ella y, en cuanto mi hermana pisaba tierra, yo cerraba la puerta y bajaba el seguro encerándome adentro del auto. Recuerdo haberlo hecho tantas veces que mi mamá ya iba al colegio con las copias de las llaves del vehículo, porque como yo era tan rápida saltando de una puerta a otra para bajar los seguros de las puertas que trataban de abrir, tenían que abrir simultáneamente las dos puertas delanteras para lograr zafarme de mi propio encierro.

Y como eso es cabuya que no revienta, a mí también me tocó mi parte. Cuando mi hija mayor comenzó a ir al colegio tenía 13 meses y yo tenía poco más de seis meses de embarazo de su hermanito. Mi princesa me rogaba que no la dejara, y yo no era capaz de dejarla entre el sentimiento de culpa y la sensibilidad propia del embarazo. Le decía a mi esposo que yo la llevaría al colegio y terminaba llevándomela conmigo a la oficina. El primer día le decía: es que no tenía el uniforme arreglado y ya iba tarde. El segundo: es que la escuché estornudar y quise quedármela conmigo no sea que se sienta mal. Al final eran excusas que yo misma buscaba inconscientemente para no dejarla en la escuela, hasta que mi esposo me dijo: “mi amor, así no podemos seguir, ella tiene que socializar,  tiene que aprender.. y tú tienes que ir a la oficina a trabajar, no a cuidar de ella, por muy bien que se porte…” y así fue cómo a partir del tercer día la comenzó a llevar él.

Yo religiosamente llamaba a mi esposo para saber cómo se había quedado y mientras él me contaba que había llorado yo comenzaba a llorar también. Llegaba a la oficina y me quedaba en el carro al menos veinte minutos más llorado desconsoladamente hasta que lograba tranquilizarme y podía bajarme sin soltar más lágrimas. Cuando iba a buscarla, durante el primer mes, ella estaba muy brava conmigo. Me hablaba lo estrictamente necesario, no era cariñosa como de costumbre… me castigaba supongo… pero después del primer mes ambas logramos superarlo.

Luego me tocó con el nené. Mi príncipe siempre ha sido tan desenvuelto, dulce, sociable e “irresistible” incluso para quien lo esté conociendo, que sin mucho problema consigue que todo el mundo le consienta. Así, de la nada, él logra crear en cualquier lugar el ambiente en el que siente plenamente cómodo. Su primer día de clases fue traumático para mí, no para él: se quedó tan tranquilo, hasta diciéndome adiós, que me fui con el corazón roto porque parecía no extrañarme. Como me dice mi esposo: el sentimiento de culpa siempre va a estar, si lloran porque lloran y si no lloran porque no lloran. En realidad con los días, cuando comprendió que se quedaba sin mamá durante buena parte del día, comenzaba a quejarse cuando nos acercábamos a la puerta del colegio, pero siempre fue muy fuerte y aunque se quedaba serio siempre tenía la más grande de las sonrisas para recibirme cuando yo llegaba a recogerle.

Así que a todas nos toca. Nadie se salva. Y sea que el niño se queje o que vaya contento en su primer día, nosotras siempre vamos a tener esa angustia en el fondo de nuestros corazones porque va a estar al cuidado de otro y nos sentimos muy responsables por haber escogido bien el lugar al que va a ir y el trato que le van a dar. Lo importante es saber que esa cuota de sacrificio que hacemos ambos, es en beneficio de ellos. Que nuestra intención es procurarles el mejor desarrollo, la mayor estimulación posible en el proceso de aprendizaje… y las maestras son especialistas en eso, porque esa es su profesión. Ánimo a todas, que el proceso de adaptación (para la madre y para el niño) no es eterno.