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El acoso escolar también es violencia

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Imagen: Save the Children

Muchos padres se preguntan por qué en ocasiones sus hijos no quieren ir al colegio o a una actividad en particular. Creo que en ese momento, lo que todos más nos tememos es que otros niños le estén molestando. Por eso es necesario conocer las señales que pueden encender la alarma.

Mamás y papás debemos estar muy atentos, desde que son nenés. Recomienda Save the Children que observemos al niño y vigilemos cambios de conducta o humor, que les escuchemos con atención, comprensión y confianza. También debemos reforzar en nuestros hijos su autoestima y el concepto de nuestro derecho a ser respetados. Y en dado caso de que detectemos o sospechemos de alguna situación de acoso, es muy importante la comunicación con la escuela.

De acuerdo con Save the Children “el acoso escolar y el ciberacoso son formas de violencia entre iguales que se dan tanto en la escuela – acoso – como en Internet – ciberacoso – a partir de las relaciones que desarrollan en la vida escolar“. Lo más grave no es sólo lo que sucede, sino la gran cantidad de repercusiones negativas que puede tener en el bienestar del acosado, en su desarrollo y en el ejercicio de sus derechos.

En una publicación del 18 de febrero de 2016 titulada “Yo a eso no juego”, Save the Children puso sobre la mesa estadísticas preocupantes sobre el acoso y ciberacoso en España. Y lamentablemente sus resultados nos hacen saber que el acoso escolar es mucho más frecuente de lo que algunos pudiéramos pensar.

Si bien no todas las experiencias con violencia califican como acoso, sí pueden llegar a serlo. Indica Save The Children que 1 de cada 10 estudiantes afirma ser víctima de acoso, que el 60% de los niños reconoce que alguien les ha insultado en los últimos meses y, de estos últimos, un 22,6% reconoce que ha sido de manera frecuente. Y como si ya no sonara suficientemente preocupante, casi un 30% de los niños afirma haber recibido golpes físicos. También de los datos del informe se desprende que  los colectivos más vulnerables son las chicas y los más jóvenes.

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Imagen: Save the Children / Yo a eso no juego

Para la realización del informe han interrogado a los niños por sus conductas agresoras y la mitad de los estudiantes reconoce haber insultado o dicho palabras ofensivas de alguien. Incluso uno de cada tres afirma haber agredido físicamente a otro niño. Los agresores por lo general no tienen muy clara la razón por la que acosan, pero tienen en común con los acosados la baja autoestima.

En el acoso tanto víctima como agresor son personas requieren ser atendidas. Mamás y papás: estemos muy atentos y exijamos siempre el derecho a ser respetados. Es un problema que lamentablemente existe, pero recordemos que también podemos prevenirlo y atacarlo de forma temprana.

Fuente (Consultada en Octubre de 2016): Fundación Save the Children y su publicación Yo a eso no juego

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La fortuna de que a mis hijos les guste su colegio

Dejar a mis hijos en el colegio es tarea difícil. Para ellos y para mí. Ellos, como todo nené, prefieren estar en casa. Menos reglas, menos rutinas, menos tener que compartir las cosas. Levantarse a la hora que quieran. La verdad es que mientras lo escribo más encuentro razones de por qué los fines de semana son ideales 🙂 Yo, paso trabajo al dejarlos porque soy un pegoste de mamá. Así de claro. Quiero tenerlos siempre conmigo. Aunque den trabajo y quebraderos de cabeza. Me encanta pasarme el día inventando historias, bailando con ellos, brincando de allá para acá… la verdad es que jugar con ellos y recoger sus desastres es una catarsis. Una catarsis de mis propios deberes y de mis propias angustias. Un escudo ante las noticias… mis nenés me dan un hálito de esperanza de que hay solución para los más grandes problemas del mundo.

Debo confesar que, aunque no me guste separarme de ellos me siento afortunada. Muy afortunada. Afortunada porque he dado con colegios donde ellos se sienten a gusto. No es que salten de la cama felices para ir, mentiría si lo dijera. Pero es un lugar donde se sienten bien. Lo sé porque van serenos. Porque saludan a sus compañeritos emocionados. Porque saludan a todos los que trabajan en el colegio por su nombre… y cada una de estas personas les responde el saludo sabiendo perfectamente el nombre de mis hijos. ¡Con tantos niños! Vamos, que no es fácil.

Mi hija mayor sube por las escaleras a su aula confiada. Lo presiento porque pisa fuerte cada peldaño. Sube con ganas y con energía. También con ilusión. Y a mitad de la escalera siempre voltea, sabiendo de sobra que estoy abajo mirándola -más que mirándola admirándola y adorándola- y me dice sin el más mínimo reparo: “te quiero mamá”. Enseguida se encuentra con sus amiguitas, se cojen de la mano y terminan de subir apuraditas.

Mi príncipe, cuando entra al pasillo de las aulas me suelta la mano. He venido todo el trayecto hasta ahí casi remolcándole, pero al llegar a ese punto él me suelta y apura el paso. Yo le sigo, no se vaya a ir al patio a jugar, o vaya a entrar a un salón que no es el suyo o se vaya a meter al baño sin que la maestra lo advierta… pero no, él entra a su aula. Entra y su adorable maestra siempre abre los brazos para recibirle. Entonces él voltea, sabiendo con toda seguridad que estoy en la puerta mirándole aunque no se ha girado ni una vez desde que me soltó la mano. En ese instante me dedica una hermosa sonrisa, esa que le pone los ojitos chinitos… y enseguida corre a abrazar a su maestra.

Y así es como me marcho, tranquila. Extrañándoles, pero consciente de la suerte que tengo de haber dado con un colegio en el que no sólo el proyecto educativo es fenomenal sino que los tratan bien. Los conocen. Les dan cariño. Porque en el colegio pasan muchas horas al día y no van sólo a aprender. Estoy convencida de que ese entorno favorece el aprendizaje, y con eso ya llevamos un buen trecho del camino andado.

La mejor parte de mi día

Confieso que siempre me ha costado un mundo llevarles al colegio. La casa, luego, se siente vacía. Mi mañana se torna demasiado tranquila. Añoro sus risas, sus juguetes por todo el salón, sus migas de pan por la cocina, sus apurruños… Pero claro, tienen que ir a aprender, como yo misma les digo a ellos. A socializar, como bien me dice mi marido. Pero cuánto espero esos días sin clases para quedármelos para mí solita. 🙂

Yo soy de las que deja las mochilas listas en la noche. Dejo los nenés bañaditos antes de acostarse y les levanto a último momento para que duerman hasta el último ratico que puedan aprovechar. Por la mañana disfruto de vestirles, desayunar con ellos, peinarles y luego caminar juntos hasta el cole. Cantando o contando historias, siempre los tres juntos. A veces uno de cada mano, a veces con el pequeño a cuestas porque el sueño se coje con mucha fuerza de su melena rubia. Me siento muy orgullosa al verles entrar a cada uno a su aula y saludar a sus compañeros contentos. Pero ya cuando voy de camino a casa voy extrañándoles. Pensando en mil cosas para hacer para que las horas se me pasen volando y llegue pronto la hora de ir a recogerles.

Y es que ir a buscarles es la mejor parte de mi día. Primero busco al nené, que sale unos minutos antes. Me encanta verle sentado en su diminuta mesita, pendiente de cada mamá que va llegando a recoger a su peque. Estoy convencida de que reconoce a leguas mi voz, mi olor, mi caminar. Porque apenas me acerco a la puerta el gira su cabecita y me encuentra. A veces no le he visto yo y de pronto siento un abrazo apretadito en mi pierna derecha, porque se ha escurrido entre las madres que están delante de mí para apresurar nuestro encuentro. Los ojitos le brillan. Me da el abrazo más fuerte del día y agita su mano vigorosamente para despedirse del colegio… casi me empuja a que abandonemos el sitio, cojidos de la mano, mirándome a los ojitos, hurgando en los bolsillos de la bolsa a ver qué le he traído de merienda.

Y mientras abre su merienda nos sentamos en los escalones a esperar a que baje la nena. Él me coje de la mano, como en un intento por que no me vaya sin que se de cuenta… ¡cómo si yo quisiera irme a algún lado sin él! Mira a todos lados y comienza a llamar a su hermana. A los pocos minutos, baja por la escalera la princesa de mi vida, en medio de todas sus amiguitas. Baja saltando, con su energía característica. Con una sonrisa que casi no le cabe entre sus preciosas mejillas. Su cabellera va acompasada con sus saltos, y sus enormes ojos se iluminan cuando nos descubre, a su hermano y a mí, en la escalera. “Mamáaaaa” grita apenas nos mira, y comienza a saltar tan alto como puede. Sus pies despegan del suelo y yo, al mismo tiempo floto con ella, con esa felicidad que me embarga porque ya estemos juntos los tres de nuevo. Con la misma alegría tanto el primer día de colegio como el último.

Esa es la mejor parte de mi día. Ir emocionada a su encuentro. Sentir que a ellos les hace tanta ilusión juntarnos como a mí. Oír sus historias del día y recibir sus abrazos y besos emocionados. Salir juntos, corriendo como tres chiquillos por las bajadas del colegio. Felices, riendo a carcajadas por todo y por nada.

La música… más allá de todo es una historia con enseñanzas

 A mi hija mayor (de casi tres años) una de las cosas que más le gusta y le entretiene es cantar. Eso ha resultado excelente para mí porque no importa en donde estemos, siempre podemos divertirnos. En las tardes, cuando vuelve del colegio, le gusta sentarse conmigo y jugar a que ella es la maestra y yo soy la alumna. Me hace repetir todas las canciones que cantan en el colegio, una y otra vez, con coreografía incluida. “Buenos días mamá ¿cómo estás?… ¡Muy bien!… Mamá levanta los brazos cuando digas muy bien…” Y así voy aprendiendo rapidito porque, la verdad, no siempre me tiene mucha paciencia.

Cuando ella termina todo su repertorio del colegio siempre me pregunta: “Mamita… ¿qué quieres que te cante?” Y como a mí me encanta escucharle su dulce vocecita entre palmaditas, empiezo a pedirle –como a cantante que está por terminar su concierto- las canciones que aprende en casa. Esas que me cantaban mi mamá, mi papá, mi abuela o que me voy inventando. Anoche le digo: “¡Ahora la del marinero, por favor!” Esa canción del marinero la aprendí de mi abuela, quien con su hermosa voz la repetía incansablemente cuando mis hermanas y yo éramos niñas. La nena adora la canción, siempre cantamos solamente la primera y la última estrofa porque son las que mejor recuerdo y –por ende- las que le he enseñado. Le encanta cantarla en la ducha, jugando a ser marinera, y hacemos dramatizaciones de cómo va subiendo el marinero las escaleras, cómo se cae y cómo se pone triste porque ya no puede tocar más su guitarra.

La canción comienza como un cuento, con había una vez y todo. Así son las dos estrofas que solemos entonar:

Había una vez, un viejo marinero,

Que su guitarra gustaba de tocar,

Y cuando se acordaba, de su patria querida,

Tomaba su guitarra y se ponía a cantar,

En altamar, en altamar, en altamar.

Pero una vez, subiendo la escalera,

Los zapatos mojados, le hicieron resbalar,

Con su guitarra en mano, se cayó el marinero,

Se le rompió una cuerda, no pudo más tocar.

En altamar, en altamar, en altamar.

 Supongo que anoche, tras las mil canciones que había cantado, olvidó cómo empezaba la que mamá le estaba pidiendo. Pero para mi sorpresa, eso no fue problema para ella. Ella resolvió contarme la historia a su manera:

“Esta es la canción para mamaaaaaá

La del marineroooooooo

Y se cayó ese señor y se le rompió su guitarra

Y no pudo más tocaaaaaarrr

TARÁN!”

Luego de cantar y bailar muy inspirada, voltea a mirarme, como para ver mi reacción, porque está consciente de que así no iba la tonada original. Yo estaba tan divertida por su canción, tan feliz de ver cómo había resuelto el tema del olvido y tan contenta por palpar cómo se sabía la historia detrás de la canción, que no paraba de reír y pedírsela nuevamente. La cantó alrededor de cinco o seis veces, de forma idéntica, en su deliciosa y propia versión.

Anoche me hizo reflexionar mucho mi hija con esto. Cuánta razón tenían papá y mamá cuando me decían que los libros no había que aprendérselos de memoria para los exámenes, sino entender lo que allí me estaban diciendo. Y eso no es fácil de lograr, definitivamente es mucho más sencillo el conocido “caletre” o “de memoria”… pero ahí si te olvidas de una palabra, lo olvidas todo. Y si lo recuerdas para el examen a los pocos días ya lo olvidas.

Más aún, las canciones -como toda historia- dejan enseñanzas en los niños. Y si comprenden las causas y las consecuencias, hemos ganado un aprendizaje adicional. Para el caso de la canción del marinero, debo confesar que no hay vez que mi nena salga de la ducha o de la piscina y no me diga: “despacio mamá, tengo los pies mojados, no me quiero caer como el marinero”. Y ahí está la enseñanza indeleble en su cabecita, porque si algo no faltó en su versión fue precisamente la caída de “ese señor”.

Por eso –y por muchas cosas más- creo que la música, con sus historias cantadas y sus dramatizaciones, abonan perfectamente el terreno desde la infancia temprana para ese análisis que va a ser taaaan necesario tanto en el plano escolar como en la vida misma. Así que anímense papás, a cantar y dramatizar, que sus hijos se lo agradecerán.