Archivos Mensuales: marzo 2017

La verdad y la confianza

LaVerdad

Imagen propiedad de mamás y nenés

A medida que mis hijos van creciendo, más me doy cuenta de lo importante que es hablarles siempre con la verdad. Tanto para que ellos puedan confiar en nosotros, como para nosotros confiar plenamente en ellos. Mi marido y yo, desde que nacieron nuestros nenés, nos hicimos la promesa de siempre decirles la verdad. Y si quizás esa verdad era muy dura, pues no dar demasiados detalles o adaptarlo lo más posible a su edad.

Según van creciendo, la cosa se pone más complicada. Preguntan y vuelven a preguntar. Analizan y al cabo de los días vuelven a preguntar. Así que hemos fomentado de alguna manera ese espacio de conversación, que no siempre es cómodo para mamá y papá, pero que hemos descubierto que les da confianza en nosotros e incluso tranquilidad al poderse anticipar a ciertas situaciones.

Esta semana mi pequeña tenía su revisión de los 6 años. Y en esta oportunidad le tocaban unas vacunas… esas odiosas y temidas vacunas. Así, hace un par de semanas, una tarde mientras merendábamos, le comenté que tendría la revisión y que habría que hacerle un pinchazo en el brazo. Le expliqué que las vacunas son el fruto de investigación de muchísima gente cuyo propósito es prevenir enfermedades y salvar vidas. Le conté que antes las personas se morían por culpa de enfermedades que hoy se arreglan en intervenciones que se hacen  todos los días, por lo cual el trabajo de las personas que se dedican a la salud es muy importante para la sociedad.

Mi hija me escuchaba atenta, maravillada por las historias de cómo los doctores han curado a mami y a los abuelos en distintas oportunidades. Pero claro, vino la inevitable pregunta de lo que más le interesaba a ella de aquella charla: “Mami, y eso de la vacuna me va a doler… ¿verdad?”. Y yo, convencida de aquel pacto con mi marido sobre la verdad, le dije que sí. Pero rápidamente le expliqué también que ese pinchazo le dolería muchísimo menos que si le asaltara la enfermedad por no tener la vacuna. Y también le dije que a mamá también le dolía tener que darle el pinchazo, pero que lo prefería así precisamente porque la quería muchísimo y su salud (y la de su hermano) eran prioridades en mi vida.

Llegó el día de la revisión y ella estaba encantada de que la recogiera un poco más temprano en el colegio para acudir a la cita médica. Entrando al Centro de Salud me dijo: “tranquila mami, yo sé que la vacuna es por mi bien, sujétame fuerte de la mano y te prometo que seré valiente”. Y así, convencida de que era una especie de mal necesario, entró decidida a la consulta. Una vez dentro la pesaron, la midieron, revisaron su espalda, le preguntaron por sus hábitos de comida y por los deportes que practicaba. Cuando le indicaron que podía volver a colocarse el polo, miró a la enfermera y le preguntó: “¿me visto ya o mejor me ponemos primero la vacuna?”. La enfermera me miró ojiplática, porque ella en ningún momento había mencionado la vacuna… pero le tranquilicé un poco al decirle que la nena sabía todo lo que iban a hacer y que ella entendía perfectamente que era por su bien. Aprovechando tanta decisión de la nena la enfermera se apresuró a preparar la vacuna y le dijo que se sentara que sería un pinchacito que ni sentiría, pero mi pequeña que cree fielmente en todo lo que sus padres le explican le dijo: “mamá me ha dicho que sí que duele, pero que debo quedarme quieta para que no se dañe ni que haya que repetirla… no se preocupe que ella me sujetará la mano y yo seré valiente, y si se me escapa alguna lágrima tampoco pasa nada”.

A decir verdad la pequeña se comportó mucho mejor de lo que yo habría imaginado. Incluso la enfermera nos felicitó a ambas por la madurez de la niña. Y sí, es verdad que ya va madurando y haciéndose mayor, pero yo estoy convencida de que saber el por qué de las cosas, que no se le minimice que ciertas cosas son en efecto desagradables  y que no se le engañe ni se le oculte lo que va a suceder, le proporciona herramientas para enfrentarse mejor a situaciones incómodas que a todos nos pueden generar ansiedad. No es fácil manejarse con la verdad, casi nunca es cómodo, y es un trabajo que rinde sus frutos a largo plazo, pero hasta el momento creo que ha merecido la pena.

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La suerte de tener hermanos

Hermanos

Imagen propiedad de mamás y nenés

Por naturaleza cada uno de los hermanos es distinto. Aunque el papá y la mamá sean los mismos, vivan en la misma casa, coman la misma comida y hasta vayan al mismo colegio. Cada uno de los hijos tiene su propia personalidad, sus propios gustos y sus propias ideas. Y al final, eso es una suerte.

Una suerte para mamá y papá, que aprenden de cada uno a cómo darles balance. Que comprenden que ser diferentes no les hace ni buenos ni malos, solo les hace únicos. Que entienden que aunque todos se formen con los mismos valores, cada uno será una persona distinta.

También es una suerte para el que tiene hermanos. Siempre tiene alguien en casa para compartir o para reñir. Tienen alguien a quien cuidar si son mayores y alguien a quien imitar si son los menores.  Tienen alguien con quien planear las trastadas y alguien con quien compartir la culpa de los castigos. Alguien que aunque te riña un poco en casa siempre saldrá a defenderte en la calle. Y cuando van siendo mayores, alguien a quien pedir consejos o con quien desahogar tus pesares.

Una de las cosas que más disfruto de mis nenés  es ver su relación. Recién ahora entiendo lo que significa la palabra admiración, cuando veo el brillo en los ojos de mi pequeñín mientras mira (¡o admira!) hacer algo de mayores a su hermana. Y recién ahora entiendo que algunas chicas venimos a este mundo con el instinto maternal despierto desde el segundo uno, cuando veo a mi princesa ayudar su hermano con un amor y una paciencia que no es tan común a su edad.

Uno de los mejores regalos que me dieron mis padres, sin duda alguna, han sido mis hermanas. Ambas diferentes pero maravillosas. Unas mujeres fantásticas, de las que siempre me he sentido orgullosa. Unas compañeras inmejorables para nuestras aventuras de la infancia y la adolescencia. Y unas tías estupendas, que mis hijos adoran, y que nos han regalado la dicha de disfrutar de unos primos geniales para aumentar el grupetín. Por eso quizás es que creo que también que mi marido y yo hemos regalado esa dicha, hemos hecho afortunados a esos dos pequeñines que no solo comparten nuestros apellidos sino un vínculo maravilloso que los va a acompañar siempre.