Y detrás de la pelota que baja por la calle siempre viene un niño…

Cuando estaba aprendiendo a conducir, mi papá, que siempre ha sido muy observador, se enfocaba en explicarme las situaciones de riesgo para que no me encontraran desprevenida: “cuando vayas a cambiar de canal, enciende la luz de cruce, el otro no tiene por qué imaginarse lo que tú vas a hacer… Igual si vas a frenar o girar, siempre pendiente de quién tienes cerca”.

Un día, dábamos una vuelta cerca de un parque infantil y venía rodando una pelota hacia nosotros. Mi papá me dijo: “frena, que detrás de una pelota siempre viene un niño”. Lo obedecí, porque siempre he confiado en él, pero jamás imaginé que tan solo dos segundos después vendría corriendo un nené tras su pelota calle abajo… ¡y detrás su pobre mamá corriendo despavorida y pidiéndole que parara!

Ese día marcó mi vida. Decidí siempre estar alerta a una pelota o a una bicicleta o a cualquier detalle que pudiera sugerir que habría un niño cerca. Ellos no tienen idea del peligro que enfrentan en ese tipo de situaciones. No entienden que sus cuerpos diminutos son más difíciles de avizorar por un conductor. Menos ahora que tantos conducen mirando el móvil o las canciones que reproducen en el auto. Por eso desde que tuve a mi hija mayor siempre le he dicho con mucha insistencia: “si la pelota o el juguete se va a la calle, déjalo ir y avisa a mami. No importa si se pierde, compramos otro. No importa si se rompe, es mejor que no te pase nada a ti”.

El pasado sábado fuimos con unos buenos amigos a cenar pizza. Ya de salida, cuando estaba asegurando a mi hijo menor en su silla del coche me toma la mano mi princesa y me dice con los ojitos aguados: “mami la pelota se me ha ido a la calle”. Me sentí tan orgullosa de ella, que no sólo le expliqué enseguida la importancia de lo que había hecho sino que le prometí un premio por su proceder. Menos miedo a perder el juguete y más consciencia del peligro al que se exponen siempre va a sumar. Me siento muy afortunada de que mi hija no corriera a la calle. Y para un final perfecto: papá enseguida recuperó la pelota. 🙂

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